Atrás han quedado los años en que me enfadaba con mi padre por abrir la boca al máximo y llevarse la mitad de mi helado de un solo mordisco. Ahora que he crecido reconozco que, en el fondo, se lo agradecía porque sabía que yo sola no era capaz de acabármelo. En cambio, podía comer bolsas enteras de chuches sin esfuerzo, de todos los colores y formas posibles. Mi madre me compraba chupa-chups (¡siempre de fresa!) antes de los viajes en avión para que estuviera entretenida mientras despegábamos y así no me dolieran las orejas con el cambio de presión. Además, algunas de las anécnotas más divertidas de mi infancia incluyen la palabra chocolate, como la historia de esa Navidad en que decidí limpiarme las manos cubiertas de él en la barba de mi tío. Y pocos recuerdos tengo de mi abuelo, ya que murió cuando yo aún era pequeña, pero nunca olvidaré la sonrisa que ponía cada domingo cuando, al llegar el momento de despedirnos, sacaba un huevo Kinder del bolsillo y me lo entregaba guiñándome un ojo.
Recuerdo la primera vez que probé el café. Y la cerveza. Y el chocolate negro negrísimo que suele comer mi madre. También recuerdo la cara de asco que puse al probar cualquiera de les tres cosas. Y es que, me preguntaba, ¿habiendo dulces, por qué insisten los mayores en comer esas cosas? Y no sólo eso. En las comidas importantes bebían vino, o cava, y me preguntaban a mí si quería un poco, que ya era mayor para probarlo. ¿Para qué voy a querer de eso si es asqueroso? Y para colmo, lo acompañan de esos cigarros que huelen fatal, que me ponen los ojos rojos y que me hacen toser.
¿Por qué los adultos tienen gustos tan raros? La respuesta es fácil: la alegría es dulce, entra bien y gusta a todos. Pero demasiada dulzura empacha y puede que te provoque un grave dolor de estómago. Los adultos saben que crecer significa saber decir basta a la dulzura y aprender a tragar con lo más amargo. Acostumbrarse a ello es difícil al principio, y quizás nos cueste algunos años, pero si somos constantes y fuertes aprenderemos a lidiar con las amarguras y, ¿por qué no? quizás empieza a gustarnos ese toque diferente.
Nuestro camino avanza mientras buscamos momentos edulcorados que nos llevarán a una vida feliz; pero en realidad no hay que pretender disfrutar de demasiada dulzura, no vaya a ser que acabemos con alguna caries. Como nos decían nuestras madres, hay que acabarse los dos primeros platos enteros para merecer el postre. Y es que, aunque hemos pasado gran parte de nuestra vida huyendo de todo aquello que es amargo, nuestra manera de soportarlo será lo que nos haga más fuertes.
Así que, sin miedo, sóplale a tu taza de amargura para que no te queme por dentro y, si es necesario, échale un par de cucharadas de azúcar para que pase mejor. Prometo guardarte el secreto.
