miércoles, 30 de noviembre de 2011

Poem.

"Your penis is kinda nice. Too bad you're attached to it." - Edie.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

El cielo, el infierno y lo que hay por medio.

No soy creyente. No creo que haya un dios (así, sin mayúscula, en sentido genérico) cuidándonos desde arriba. No me trago que dependiendo de cómo viva mi vida me vaya a tener que acostumbrar a una eternidad de latigazos entre llamas; así cómo tampoco me convence la idea de que siendo "buena" esa supuesta deidad vaya a abrirme unas puertas enormes rodeadas de nubes y me vaya a recibir con los brazos abiertos al grito de "¡Qué bueno que viniste!"*
Aún así, reconozco que la idea del cielo y el infierno es bastante buena. Quiero decir, tiene sentido. Cuando lo piensas detenidamente entrar en el cielo es algo que vamos haciendo intermitentemente en nuestro día a día. No en el sentido bíblico, claro, pero cada uno tenemos nuestro propio modo de entrar en un cielo VIP, dónde el único con derecho a ser considerado "important" somos nosotros mismos. Me explico: 
Seguro que alguna vez os habéis sentido eufóricos, llenos de alegría, con ganas de saltar y, quizás, salir volando. Vale, sí, suena cursi, pero no lo sé describir mejor. Hay momentos en que sientes que estás por encima del mundo. Sientes que flotas. Que todo lo que te rodea, aunque puedas tocarlo con sólo alargar la mano, está bien lejos de ti. Y lógicamente a cada uno nos hacen sentir así cosas diferentes. 
Un orgasmo que te hace chillar, pisar el acelerador un poco más de la cuenta, una calada profunda pero sin llegar a toser, el último sorbo del cuarto gintonic de la noche, un aprobado inesperado, el mejor de los besos que puedas ofrecer, un gol de tu equipo o, yo qué sé, unas botas preciosas a mitad de precio. Lo que tengo claro es que para mí entrar en el cielo es siempre algo senzillo, barato y rápido. El aquí y ahora, la improvisación, el no-pensar. Encontrar la llave del paraíso es tan fácil como apoyarme en tu hombro y dormirme sin tener sueño. Es tan económico como sentarme a tu lado en un parque a las tantas de la noche. Es tan inmediato como darte un beso inesperado y sentir, aun con los ojos cerrados, cómo se te escapa una sonrisa. 
Lo malo (por no decir "la gran putada") es que igual de fácil es bajar de golpe a este nuestro planeta. Poco hace falta para hacer explotar la burbuja y estar andando con los pies en el suelo otra vez. A veces, incluso, bajamos a tanta velocidad que nos pasamos de largo nuestra parada y nos hundimos más de la cuenta. Y de allí sí que cuesta salir. Normal, nos es difícil volver a subir con tanto peso encima. Y allí estamos, en nuestro particular infierno, a gastos pagados. Atrapados, sintiéndonos apartados del mundo en el que solíamos vivir. Es que con las prisas se nos ha perdido media vida en la mudanza. En sí es como estar en el cielo pero echando de menos lo que tenemos encima de nuestras cabezas. En sí es como estar en el cielo pero recibiendo los pisotones de los que andan por encima. En sí es como estar en el cielo... sólo que no se parece en nada. 
¿La moraleja? Aprende a apreciar lo que tienes antes de perderlo, supongo. Yo solo escribo esto para pediros que me traigáis una escalera. Aquí estaré esperando. 



*Perdonadme el chiste futbolero/futbolístico/futbolense.

miércoles, 25 de mayo de 2011

¿A quién le amarga un dulce?

Atrás han quedado los años en que me enfadaba con mi padre por abrir la boca al máximo y llevarse la mitad de mi helado de un solo mordisco. Ahora que he crecido reconozco que, en el fondo, se lo agradecía porque sabía que yo sola no era capaz de acabármelo. En cambio, podía comer bolsas enteras de chuches sin esfuerzo, de todos los colores y formas posibles. Mi madre me compraba chupa-chups (¡siempre de fresa!) antes de los viajes en avión para que estuviera entretenida mientras despegábamos y así no me dolieran las orejas con el cambio de presión. Además, algunas de las anécnotas más divertidas de mi infancia incluyen la palabra chocolate, como la historia de esa Navidad en que decidí limpiarme las manos cubiertas de él en la barba de mi tío. Y pocos recuerdos tengo de mi abuelo, ya que murió cuando yo aún era pequeña, pero nunca olvidaré la sonrisa que ponía cada domingo cuando, al llegar el momento de despedirnos, sacaba un huevo Kinder del bolsillo y me lo entregaba guiñándome un ojo. 
Recuerdo la primera vez que probé el café. Y la cerveza. Y el chocolate negro negrísimo que suele comer mi madre. También recuerdo la cara de asco que puse al probar cualquiera de les tres cosas. Y es que, me preguntaba, ¿habiendo dulces, por qué insisten los mayores en comer esas cosas? Y no sólo eso. En las comidas importantes bebían vino, o cava, y me preguntaban a mí si quería un poco, que ya era mayor para probarlo. ¿Para qué voy a querer de eso si es asqueroso? Y para colmo, lo acompañan de esos cigarros que huelen fatal, que me ponen los ojos rojos y que me hacen toser. 
¿Por qué los adultos tienen gustos tan raros? La respuesta es fácil: la alegría es dulce, entra bien y gusta a todos. Pero demasiada dulzura empacha y puede que te provoque un grave dolor de estómago. Los adultos saben que crecer significa saber decir basta a la dulzura y aprender a tragar con lo más amargo. Acostumbrarse a ello es difícil al principio, y quizás nos cueste algunos años, pero si somos constantes y fuertes aprenderemos a lidiar con las amarguras y, ¿por qué no? quizás empieza a gustarnos ese toque diferente.
Nuestro camino avanza mientras buscamos momentos edulcorados que nos llevarán a una vida feliz; pero en realidad no hay que pretender disfrutar de demasiada dulzura, no vaya a ser que acabemos con alguna caries. Como nos decían nuestras madres, hay que acabarse los dos primeros platos enteros para merecer el postre. Y es que, aunque hemos pasado gran parte de nuestra vida huyendo de todo aquello que es amargo, nuestra manera de soportarlo será lo que nos haga más fuertes. 
Así que, sin miedo, sóplale a tu taza de amargura para que no te queme por dentro y, si es necesario, échale un par de cucharadas de azúcar para que pase mejor. Prometo guardarte el secreto.

viernes, 15 de abril de 2011

Cosas de críos.

De pequeña solía pensar que ser niño era mejor que ser niña. Siempre pedía ser "el hermano mayor que se llama David" cuando jugábamos a Mamás y Papás. Odiaba el rosa, me negaba a llevar falda y no salía de casa sin recogerme el pelo en una coleta. Mi padre solía decirme que estaba más guapa cuando enseñaba las orejas. Odiaba que me dijera eso. En parte porque lo repetía mucho, pero también porque no tenía (y sigo sin tener) las orejas agujereadas y estaba harta de que me preguntaran porqué no llevaba pendientes. Las coletas me las hacía mi madre. También era ella la que me peinaba y secaba el pelo. Mientras lo hacía yo siempre cerraba los ojos muy fuerte y me los tapaba con las manos. Me gustaba imaginar que iba viajando por el espacio y que el ruido del secador lo hacía mi nave espacial. Cuando estaba empezando a hablar, llamaba "Popops" a las zapatillas de ir por casa y así se quedó hasta mis diez años o más. Tenía un hamster que se llamaba Kiwi que mordía los cables de la tele cuando lo soltábamos por casa. Estaba prohibido beber Coca-Cola si no era una ocasión especial. Por las mañanas, si me despertaba antes de que mi madre saliera de la ducha, me iba a su cama y me volvía a dormir oyendo el sonido del agua que venía del lavabo. Lo que más me gustaba hacer con mi padre era mirar cómo se arreglaba cuando salía a cenar con sus amigos. Miraba cómo se afeitaba, opinaba sobre cómo le quedaba la camisa y me encantaba oler todas sus colonias y escoger una (aunque siempre acababa usando otra y me enfadaba). Cuando estaba aburrida dibujaba mapas del tesoro de mi propia casa pero no tenía gracia buscar un tesoro que ya sabías dónde estaba porque lo habías escondido tú. Tenía una amiga invisible a la que no hacía mucho caso. Iba cambiando de nombre pero al final acabó llamándose Estefanía (creo). Odiaba no poder cantar las canciones de pelis Disney con mis amigos porque ellos se sabían las canciones en castellano y yo en mi casa las veía en inglés. Me mordía las uñas y mi madre me regañaba. Me compró varios pintauñas con mal sabor pero a mí llegó a gustarme ese toque amargo. Le pedía siempre a mi padre que me cantara "Mediterraneo", de Serrat, una y otra vez. Nunca le corté el pelo a una Barbie porque no quería que quedara fea, pero les mordía los pies y luego no les entraban los zapatos por lo deformes que quedaban. A veces me gustaba jugar a escribir informes secretos que solo entendía yo. Añadía palabras inventadas que sonaran técnicas y copiaba lo que ponía en los botones que no sabía para qué servían de la cadena de música del comedor. Una vez arranqué sin querer una pieza que estaba pegada a la tele y para disimular la metí en la rendija del vídeo. Años más tarde se estropeó por eso. Idolatraba a cualquier hombre de mi familia y para mí no podía haber nada mejor que tener barba, fumar y beber cerveza. Gané un par de concursos de dibujo y me gustaba ir de artista. De hecho, a los cuatro años "ligaba" con un chico haciéndole los dibujos libres de clase. Llegué a casarme con ese niño en un parque, con un par de cajas de cartón que formaban nuestra nueva casa y una amiga nuestra de la misma edad como cura. Me costó meses que me compraran un patinete. Cuando por fin tuve uno, me tocó otro en un sorteo. Recuerdo pocas cosas más. Iba a decir que una vez me meé en el Dia pero no hace falta...

... oh, mierda.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Empecémos.

Nace un nuevo Blog.  Un Blog, sí.  Total, era lo único que me quedaba por probar (y ganas no me faltaban).
¿Que para qué lo quiero? Aún no lo tengo muy claro. Supongo que para desahogarme de vez en cuando. O simplemente quiero tener una excusa para escribir un poco. La verdad es que es un propósito de año nuevo que he tardado en poner en marcha.
Esperemos que tenga un poco de vida antes de morir por abandono. Deseadle suerte, la va a necesitar.